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Review Homeland: Enemy of the State / Rebel Rebel

Que la séptima temporada de Homeland arranque con Carrie Mathison corriendo de forma desesperada en la cinta que su hermana tiene en casa es toda una declaración de intenciones. Cuando alguien corre así, de esa forma, suele deberse a dos razones: o está huyendo, o trata de combatir la rabia.

Y Carrie está rabiosa por lo que ocurrió a raíz del atentado contra la Presidenta Keane, y no tanto por lo que pudo ser un magnicidio, sino porque ésta, en un ataque radical de paranoia comenzó a ver enemigos en todos lados y sin estar segura quién había detrás mandó encarcelar a 200 personas que en nada tuvieron qué ver con aquello. Doscientos funcionarios adscritos a la Casa Blanca, al gobierno y miembros del Servicio Secreto que fueron apresados y ahora permanecen en prisión preventiva a la espera de juicio. Entre ellos su valedor y amigo Saul Berenson.

Acomodada en casa de su hermana y junto a su hija (la niña siempre nos recordará a Brody y los creadores lo saben muy bien), lleva una vida aparentemente normal pero sin trabajo ni ingresos que le permitan vivir de una forma independiente. Su hermana Maggie la reprocha lo poco involucrada que está en las labores domésticas de la familia y el marido de ésta la ve como un parásito, como una intrusa que está desestabilizando las relaciones del matrimonio. Y mientras, y tal y como viene siendo habitual, pendiendo sobre su cabeza la espada de su enfermedad.

Una vez más todo depende de Carrie

Pero esa falta de actividad es sólo aparente, y Carrie tiene un objetivo: Derribar a la Presidenta Keane acusándola de haber conducido al país a una deriva totalitaria y fascista. Así que tras una charla-discurso con su hermana cargada de reproches, coge su bolsa, saca la pistola enfundada y se marcha a cumplir su misión.
Y la Carrie más activa se pone en marcha de nuevo: pactos con un Senador enemigo acérrimo de Keane y quien además preside la comisión de investigación sobre el atentado y las medidas adoptadas después por la Presidenta; pactos con un antiguo compañero de Afganistán y ahora en el FBI que quiere declare ante la comisión presidida por el Senador. Reserva de habitaciones en dos hoteles de lujo para concertar la reunión gracias a las tarjetas de crédito “falsas” de cuando estaba operativa en el servicio secreto y que ya acumulan una deuda de 30.000$. Una peluca morena, distintos vestidos, una bolsa dejada en un bar y recogida por su amigo y técnico de la CIA…Muchos esfuerzos, muchas energías gastadas, demasiadas tal vez. ¿Y todo para qué?

Tantos y tantos recursos gastados para nada cuando descubre que Saul, uno de los motivos por los que comenzó su cruzada, ha sido liberado y nombrado Director de Seguridad Nacional convirtiéndose en mano derecha de la Presidenta y el resto de detenidos liberados bajo la orden directa de ésta.
¿Y ahora qué Carrie? ¿Cuál será tu meta si te la acaban de arrebatar? ¿Cómo darás sentido a tu vida al quedarte sin objetivos?

El que está arriba siempre tiene a otro más alto que él

Esta ha sido la máxima de Homeland desde sus orígenes. Una afirmación que no sólo se atribuye a la ficción, sino a la vida real. Siempre hay alguien que manda más que aquél que parece que lo manda todo. El General McClendon es un ejemplo de esto. Otrora representado como el jefe de todo, como el gran muñidor de la conspiración contra la Presidenta Keane, es ahora condenado por un tribunal militar a cadena perpetua. Una pena que la Presidenta rechaza porque ella esperaba, y sobre todo deseaba, la pena de muerte ejecutada por un pelotón de fusilamiento según las leyes militares.

Desnudado de sus atributos militares, de sus condecoraciones, de su dignidad como persona, McClendon es recluido en una prisión de alta seguridad mientras un equipo médico le hace el reconocimiento previo. Completamente desnudo y humillado, el guante de látex de uno de los doctores le inocula un veneno mientras le examina la lengua y el general muere de un infarto. ¿Quién ordenó su “ejecución”? Las primeras sospechas recaen en la Presidenta a quien, tras sus declaraciones, sitúan en el ojo del huracán. Pero tratándose de Homeland, demasiado obvio ¿verdad? Una segunda vía se abre ante nosotros y que reforzaría el título de éste apartado. Alguien más poderoso, más implicado y, sobre todo, más temeroso a que el General, en su perpetuo cautiverio, pudiera arrepentirse de lo hecho y tirar de la manta. Ese personaje podría representar la famosa “X” de esta ecuación y de la de muchas otras en la vida real como ya hemos visto.

El fin justifica los medios

Otra de las constantes de Homeland que temporada tras temporada se han asentado en su historia como la base que hace funcionar todo. Pasó con Brody, con Quinn, con Saul y ahora con la Presidenta Keane. Pero quién más ha practicado esta máxima del maquiavelismo no ha sido otra que la propia Carrie. Y aquí y ahora vuelve a demostrar que todo vale si la meta representa un bien mayor.
No le importa utilizar a su sobrina en una rocambolesca operación; a su hermana, a la que explota y utiliza para sus fines; a su antiguo compañero de Afganistán y ahora agente del FBI poniendo en peligro su trabajo…Carrie utiliza a todos como un medio para lograr su fin sin importar las consecuencias de sus actos porque su obstinación, egoísmo y obsesión la llevan a hacer uso de cualquier recurso, cualquiera, que le sirva para alcanzar sus objetivos.

La Presidenta Keane no es Hillary Clinton

A los creadores de la serie, Alex Gansa y Howard Gordon, el maldito destino les pegó un regate de realidad cuando, contra todo pronóstico, el ganador de la elecciones no fue ella, sino Trump. Todo estaba preparado y escrito para que Keane representara a la Hillary más muñidora y más interesada. Conocedora como era de la realidad y de los entresijos del Pentágono, ella representaba la figura perfecta a tomar como ejemplo para elaborar el personaje de Keane. Pero un aciago día del mes de Noviembre del 2016 todo se fue a la mierda. ¿Qué hacer entonces? ¿Cambiar el perfil de Hillary por el de Trump imprimiendo a Keane el carácter de éste?

Y la decisión tomada, que apreciamos en cada detalle de la Presidenta, es crear desde la nada un nuevo perfil para ella que se aleja por primera vez de las similitudes y paralelismos con cualquier personaje real pasado y presente. Keane no es Hillary, pero tampoco es Trump: la “frialdad” de Hillary contrasta con la conducta más terrenal de ese volcán loco y en continua erupción que es Trump. Así que los creadores han diseñado a una Keane que se maneja entre dos mares mostrando pequeños guiños y tics que podrían resultar comunes a ambos.

Construida de esta forma la historia en esta nueva temporada digamos que ante la imposibilidad de haber adoptado el rol de Hillary Clinton, la Presidenta Keane representaría un paso intermedio que pudiera dar lugar a una nueva era presidida esta vez por un loco fanático. ¿Acabarán siendo así las cosas? Pudiera ser que sí. Y puede que tal vez en el ordenador de los creadores de la serie ya estén escritas las primeras líneas, los primeros esbozos de un personaje pegado a la realidad más rabiosa al que acabarán convirtiendo en Presidente. Y tal vez, tal vez…lo sea en el Presidente actual.

La difusión del mensaje “ultra”

En situaciones así la figura de un comunicador es tan importante, o más, que la de los comandos que perpetran las acciones de desestabilización previas a los golpes de estado. Es cuestión de buscar y buscar hasta encontrarlo, hacerlo crecer, darle fama, honores y dinero, pero… ¡ay amigo si las cosas se tuercen!
Ya vimos cómo el “elegido” para esta función fue el estrambótico locutor Brett O´Keefe, que ahora ha pasado a la clandestinidad perseguido en todo el territorio por el FBI por orden directa de la Presidenta. De su legión de colaboradores solo queda su pareja quien le acompaña en esta nueva aventura, aunque empieza a mostrar los primeros signos de agotamiento por esa clandestinidad que les lleva a moverse continuamente de un lugar a otro, de pernoctar en coches e instalarse en cualquier local donde sus dueños le permitan emitir su programa de apología ultraconservadora cargado de reproches, amenazas y referencias a la próxima guerra civil que está por llegar.

O’Keefe ha perdido a todos sus valedores de la anterior etapa, entre ellos al General McClendon. Aunque su extraña muerte le ha servido como gasolina, y una oportuna excusa, para seguir incendiando las ondas con speechs cada vez más radicales.

Una “Patria” dividida

Aquí los creadores sí que han cogido, incorporándolo a su historia, el sentimiento de abandono de muchos norteamericanos con los respectivos gobiernos y políticas de Washington. Ese desencanto, ese sentir que fue haciendo mella en millones de habitantes de la América profunda para quienes los jerarcas y políticos sólo les utilizaban para depositar su voto olvidándose después de sus problemas y anhelos más vitales.
Un jodido resentimiento que se fue fraguando poco a poco y que aquí en los dos primeros capítulos está representado de manera incipiente por ese pequeño grupo de ultras pueblerinos y amantes de las armas que han dado protección y asilo a O´Keefe y que nos resultan tan patéticos que no podemos evitar esbozar una sonrisa. ¡Gran error el nuestro!
Un embrión de descontentos tan aislado y minoritario que a nadie preocupaba ni amenazaba pero que acabó convirtiéndose en una fuerza tal que lo puso todo patas arriba. Y puede que esta sea la prueba definitiva del papel de mero tránsito de la Presidenta Keane que le han otorgado los creadores. Como dije antes…tal vez.

El affair de Carrie con el hacker

Dejo para el final esta trama pues su inclusión en el último tercio del segundo episodio me ha sorprendido…para mal, y eso que el resto del capítulo conserva la tensión y el ritmo del primero, pero paradójicamente es al final del mismo donde todo se tuerce.
Tras la obtención de la imagen de una misteriosa mujer entrando en la casa del Jefe de Presidencia y obtenida gracias a unas cámaras colocadas por su amigo de la CIA, Carrie quiere conocer la identidad de esa mujer. Y tantas son sus ansias que se mete en un extraño foro y sube el fotograma preguntando si alguien la conoce.

Al poco recibe un mensaje afirmativo que la invita a descargarse una imagen, lo hace y ¡zas! el virus instalado en su ordenador y el hacker que pide un rescate para poder liberarlo a cambio de 10.000$ amenazándola con difundir el contenido de su disco duro en internet…

Hasta aquí puede tener un pase, puede que esas ansias la lleven a cometer una imprudencia mayúscula impropia de una exagente de la CIA. Vale, que sí, que lo compro, pero lo que no puedo “comprar” es que el hacker derive en un trastornado mental, un perturbado obsesivo que está dispuesto a renunciar al dinero a cambio de tener una cita con ella.

En una escena inaudita a todas luces, el misterioso habla con ella a través del portátil y la Carrie más psicóloga intuye, por arte de birli birloque, que quien se esconde bajo el anonimato es un depravado. Total, que Carrie despega la cinta que tapa la cam de miradas indiscretas y le reta a verla. El hacker, tan poco interesado en lo material por lo que se ve, la pide que se quita la blusa, el sujetador y se toque… Un WTF en toda regla ¿que no? Y rizando el rizo de la inverosimilitud la exige tener una cita real a cambio de perdonarle los ahora 20.000$ (la tarifa sube aquí como el precio de la luz) y ella va y accede.

Mucho me temo que toda esta historia tan absurda está montada con un único fin: provocar que el despropósito haya sido el camino para mostrarnos lo verdaderamente importante y enseñarnos a los espectadores que Carrie sigue metida en su pozo bipolar, que nos hace dudar de su cura y sobre todo de si sigue o no con su medicación. La forma que tiene de afrontar la cita, los golpes infringidos al hacker, su cara de sádica, que concuerda con su vestimenta de Dominatrix de vídeo porno: ropa ceñida negra y botas altas.
¿De verdad era necesaria esta escenita para que veamos que ella está mal, que sigue mal y que la mejor Carrie siempre ha sido aquella que no se medicaba porque su locura era su éxito?

Las cosas se podrían haber hecho de otra manera incluso llegué a pensar que Carrie iba a robar a su hermana para pagar el rescate de su ordenador. Algo que a mi modo de ver hubiese sido más dramático y tenido más impacto. Para este viaje no necesitábamos esas alforjas, señores de Homeland. ¡No jodáis con estas cosas!

Si hubiese podido puntuar por separado los dos episodios, al primero le habría dado un 4,5 y al segundo apenas con un 3 por culpa de este desenlace más propio de una telemovie dominguera o de una serie de esas de “mercadillo” que del Homeland al que estamos acostumbrados. Una pena. Y como última reflexión dejo aquí la log-line que aparece en el cartel de la serie para esta temporada por si alguien quiere especular y dejar su comentario:

The only way out is back in

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